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En la “oficina” del abuelo —que no tenía relojes que apuraran
el tiempo, sino todo tipo de materiales y herramientas —,
Sara y Emma descubrían el mundo a su manera.
Está vez tocaba decorar cerámica.
Los recipientes de cerámica, antes blancos y silenciosos, se
convertían en jardines, en mares, en historias sin palabras.
Emma mojaba el pincel con cuidado, como si temiera
despertar algo dormido en la superficie. Sara, en cambio,
trazaba líneas decididas, dejando que los colores se buscaran
entre sí.
El abuelo observaba en silencio, apoyado en la puerta,
sonriendo apenas. Sabía que allí no solo estaban pintando
cerámica, sino guardando recuerdos.
Y la “oficina”, con olor a pintura y tardes largas, se llenaba de
algo que no cabía en ningún recipiente: la alegría de crear
juntos.
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